miércoles, 6 de diciembre de 2017

SECRETOS A VOCES



El otro día escribía un poco sobre el maltrato y los abusos a las mujeres, un asunto que me enerva. Soy de los que se colocan siempre del lado de la mujer porque prefiero tener que desdecirme a dudar de una víctima[1].
Ahora han surgido varias campañas de ámbito mundial que denuncian los abusos sufridos por actrices (y también algunos actores) a manos de productores, directores y compañeros de reparto que ejercían su poder e influencia para conseguir favores sexuales que no hubieran podido obtener de otro modo[2].

Hay un punto que me llama mucho la atención: esos que tanto gesticulan ahora, ¿de verdad no sabían nada?
Sin salir de nuestro ámbito, al poco de morir Franco el cine español se dio a lo que se ha conocido como El Destape. Tras cuarenta años de una represión sexual absolutamente hipócrita los espectadores tenían ganas de erotismo y llenaban las salas de cine donde se proyectaban películas que prometían desnudos (abrumadoramente femeninos) y coitos fingidos.
Ya entonces se hablaba de que para figurar en esas películas las actrices debían pasar antes por la “escena del sofá”. Quería esto decir que con la excusa de repasar el guión el productor o el director, o quizá primero uno y después otro, invitaban a la actriz aspirante a un ensayo privado y esta debía “mostrarse complaciente”  si quería obtener el papel[3].
Era un secreto a voces. Si hasta yo lo sé, que no tengo ningún lazo con la industria del cine, ¿qué decir de los que pertenecen a ella u orbitan a su alrededor, como los críticos?

Y como este ejemplo, hay más. Sin salir del ámbito de la bragueta, Jimmy Savile era un inglés tan conocido aquí como el cine del Destape en Gran Bretaña, pero allí era una figura muy popular. Era un secreto a voces que Saville era lo que hoy se conoce como un “depredador sexual”. Presentador televisivo de éxito durante varias décadas, ayudaba a recaudar fondos para diversos hospitales y, aprovechando la coyuntura, se presentaba en ellos para abusar de niñas enfermas (y algún que otro niño) sin preocuparse demasiado de hacerlo a escondidas. Ya desde 1963 se mencionaba el asunto, aunque todo el mundo miraba hacia otro lado.
John Lydon, el que fuera conocido como Johnny Rotten cuando ejercía de cantante de los Sex Pistols[4], dio una entrevista a la BBC en octubre de 1978 en la que decía: “Me gustaría matar a Jimmy Savile, pienso que es un hipócrita. Apuesto a que está mezclado en todo tipo de sordideces de las que todos sabemos pero de las que no se nos permite hablar. He oído rumores... apuesto a que no dejarán emitir nada de esto”.
Y acertaba. En efecto, nada de eso se escuchó. No por casualidad, Jimmy Savile era uno de los presentadores “estrella” de la BBC.
Savile murió en octubre del 2011 y pese a que la BBC había conseguido suficientes testimonios de su vileza como para llenar un programa, tampoco se atrevió a emitirlo. En lugar de eso, le rindió un homenaje. Tuvo que ser una cadena privada, la ITV, la que un año después se atreviera a hacer pública la faceta repugnante del ídolo televisivo y fue entonces cuando se desencadenó la reacción que permitió desnudar al monstruo y mostrarle como realmente era.
La primera lección a extraer deberían aplicársela los papanatas que ponen a la BBC como ejemplo del buen periodismo (y donde yo vivo hay muchos). Otra lección obvia sería que los testimonios aislados de los donnadies nada pueden contra la imagen de una figura pública. Pero la enseñanza más dolorosa y difícil de cambiar es que en el frío cálculo de ventajas, inconvenientes, oportunidades y riesgos que evalúan los que mandan y se aplican sin problema sus perritos falderos, la hipocresía pesa tanto como en la época en que El Sandalias llamaba “sepulcros blanqueados” a los fariseos. Parece que hemos avanzado muy poquito en dos mil años[5].
Si vamos a la política, ¿cómo no olvidar las famosas declaraciones de Pasqual Maragall sobre el tres por ciento? Se calentó, sin duda, y dijo algo que jamás hubiera dicho de no haber sido por el calor del momento. De hecho, intentó desdecirse, aunque no sonó nada convincente. Lo bueno fue que, a partir de esa decisión tan poco meditada, el asunto salió a la luz pública sin que cupiera vuelta atrás. Pero sólo porque Maragall era alguien...

Y aquí vuelvo a lo del Destape. No sé si ahora todas aquellas estrellas de entonces saldrán en tropel a denunciar los abusos de que fueron víctimas[6] pero cuando les preguntaban por la escena del sofá todas respondían lo mismo. Que sabían que existía pero que, afortunadamente, ellas nunca habían tenido que pasarla.
Es fácil de entender. Ninguna quería pasar a la posteridad como La Puta, la vergüenza jugaba y juega un papel muy importante en un mundo de hipócritas.
La gran enseñanza es que si hubieran hablado entre ellas y se hubieran coordinado de alguna manera habrían podido transformar esa potencial acusación individual condenada a morir antes de nacer en una potente acusación colectiva contra aquellos a los que lo mínimo que se puede llamar es “abusones”.
No seré yo quien se lo eche en cara. Aunque la viví de niño, recuerdo bastante bien esa época como para ahorrar juicios morales como los que dilapidan tantos que carecen de perspectiva histórica aunque fueran adultos entonces.
Y generalizando, que los donnadies siempre lo seremos si no nos comunicamos y organizamos. Que nos quieren bien separados porque saben que la unión hace la fuerza.
El problema es que ellos lo saben bien, pero nosotros no[7].





[1] Y por eso soy partidario de un buen escarmiento a las farsantes y fingidoras.
[2] Y como siempre que se montan estas campañas, hay gente que no entiende nada y se deja llevar por el furor. ¿Qué sentido tiene eliminar a Kevin Spacey, uno de los acusados, de una película recién rodada que aún no se ha estrenado? ¿Volvemos a los tiempos del cine mudo, cuando la gente arrojaba objetos a la pantalla si aparecía Fatty Arbuckle? Si Spacey es culpable que se pase una buena temporadita a la sombra pero no por eso se ha de renunciar a ver Sospechosos habituales. O tonto el que lo haga...
[3] Hace unos años El País definía a uno de esos productores cinematográficos (este de época franquista) como “un seductor”. El diario es hoy uno de los abanderados de la campaña contra el acoso. ¿Alguien lo dudaba?
[4] La edición española de su autobiografía (titulada No Irish, No Blacks, No Dogs)  llevaba el subtítulo “La autobiografía autorizada de Johnny Rotten, cantante de los Sex Pistols”. ¿Acaso puede haber autobiografías no autorizadas?
[5] Las informaciones sobre Jimmy Savile proceden de su voz en la Wikipedia inglesa. También la cita de John Lydon, de traducción propia.
[6] O al menos las supervivientes, porque muchas se quedaron por el camino...
[7] Pronto recordaré un hecho de la época del Destape que creo que apenas es conocido.

jueves, 30 de noviembre de 2017

A, ANTI, ANTICAPITALISTAS...



No hace mucho una de las corrientes[1]de Podemos denominada Anticapitalistas y conocida cariñosamente como Anticapis , apoyaba sin reservas la declaración unilateral de independencia de Cataluña. Aunque, como siempre sucede en esa olla de grillos, dos de los anticapis más conocidos (Teresa Rodríguez y mi gran amigo Kichi) se distanciaban de ella con grandes aspavientos.
Pensaba en estos anticapis y pensaba en las CUP, que también gustan de definirse anticapitalistas pero por mucho que he pensado no sé dónde reside exactamente su anticapitalismo. Tampoco quiero complicar mucho la cuestión pero si en Podemos hay una corriente anticapitalista ¿significa que hay corrientes procapitalistas? Es lo que me temo, como pronto dejaré claro[2].
El capitalismo es una visión completa de la sociedad pero parece evidente que se basa en la economía. Y sin embargo, eso es lo que más se puede echar en cara a las izquierdas existentes, que no tienen programa económico.
O, mejor dicho, sí lo tienen pero les da vergüenza escribirlo.
Por razones obvias...

La gestión de las emociones

Si hay que definir a la izquierda moderna hay que hacerlo por agregación. Se nutre de los que están en contra del fascismo, del racismo, del machismo y otro buen montón de asuntos sin tener en cuenta que ese es un programa perfectamente asumible por la derecha más convencida. Se da la paradoja de que un izquierdista como Javier Marías podrá criticar sonoramente alguna parte mientras un derechista convencido como Mario Vargas Llosa lo suscribirá por entero sin que se le puedan encontrar contradicciones.
De hecho, si la Unión Soviética fue la primera en reconocer ciertas libertades individuales, fue poco imitada en su zona de influencia y acabó por perder pie del mismo modo que se adelantó y luego no dejó de ceder terreno en la carrera espacial.

Si la izquierda, entendida como oposición al sistema existente, debe ser algo es anticapitalista[3]. Sin embargo, en la izquierda de hoy se puede encontrar cualquier cosa menos un programa económico.
Pese a aquella famosa frase de “es la economía, estúpido”, hace tiempo que nadie formula una alternativa al sistema. Que no lo hagan los que tienen el poder y los que aspiran a ser su recambio parece fácil de entender pero que no digan nada claro los que se cagan en ese mismo sistema, en fin...

Por sus obras los conoceréis

Aunque no hablen claro ni turbio, porque no hablan de ninguna manera , algo podemos deducir de sus exigencias cuando les ha sido permitido presentarlas. Tanto las CUP como Podemos han coincidido en lo esencial. Se trata de redistribuir lo recaudado de otra forma y en un futuro aumentar esas partidas destinadas a la redistribución.
Es decir, que su idea económica se basa en lo que hay y lo único que cambia es la manera de entenderlo. Si hasta ahora se han destinado X millones a tal concepto, a partir de ahora se destinarán 2X, y lo que falta se sacará de una partida que no cuente con el “favor popular”, por ejemplo el gasto militar.
Pero esta medida sólo puede durar uno o dos años, pues se supone que la cuantía debe aumentar de forma apreciable después de ese periodo de transición. Si este es un planteamiento básico para Podemos, resulta imprescindible para las CUP, pues cualquier aumento del gasto en una partida debe hacerse a expensas de otra ya lamentablemente recortada. Con lo cual, sólo caben dos opciones, o aumentar los impuestos a las empresas o aumentar la base recaudatoria sin tocar los tipos.
La primera opción ni ha llegado a plantearse. Eso debería hacer recapacitar a muchos pero no va a ser así, sus seguidores lo son movidos por la fe, no por la razón. La segunda implica que a las empresas les vaya muy bien para que, pagando el mismo porcentaje, paguen más.
Ahí no cabe hecho diferencial alguno, los de Podemos plantearon lo mismo, una mayor cantidad a repartir según sus criterios.
Ni una palabra por parte de unos y otros sobre cómo organizar de otro modo la producción y la distribución, no van más allá de reorganizar el reparto de lo existente. Y, por tanto, defienden su existencia como el que más...


APROVECHANDO EL ESPACIO

El sábado se celebró el día contra el maltrato a las mujeres o algo similar. No quiero dejar pasar la oportunidad para mostrar no ya mi solidaridad con todas las maltratadas sino mi simbiosis. Somos un solo cuerpo. Vuestro dolor me duele.
Pero no quiero refugiarme en conceptos divisivos como el feminismo o simplemente estúpidos como el patriarcado. Se os utiliza como símbolos de poder o se os golpea porque vuestra constitución física es más débil.
La cuestión es más elemental y más profunda a la vez pero me temo que, como lo que he contado anteriormente, depende de una alternativa consecuente que aún está por inventar...



[1] No sé exactamente lo que significa la palabra. Había partidos izquierdistas clásicos que reconocían oficialmente una especie de subagrupaciones que podían llamarse corrientes, líneas, tendencias o de otro modo pero no sé qué estatuto tiene este tipo de asociaciones en Podemos, si es que tienen alguno y, sinceramente, me da mucha pereza averiguarlo.
[2] Obvio a gente como Colau o Carmena, que nunca se han declarado como tales. También a otros grupos minoritarios que sí lo hacen porque creo que se les pueden aplicar las mismas conclusiones con ajustes mínimos.
[3] Yo añadiría que atea y anticlerical pero esto es complicado hoy día. No por la iglesia católica sino por la religión musulmana, a la que la izquierda de hoy ve de cualquier manera menos como religión...

miércoles, 22 de noviembre de 2017

TIEMPO Y MEMORIA


El sábado se conoció la muerte de Malcolm Young, el fundador de AC/DC hace cuarenta y cuatro años, que se dice pronto...

Por supuesto, aquí cabe una discusión sobre hasta qué punto el puñado de individuos que  hoy venden entradas y suben a un escenario cobijados bajo ese nombre tienen aún algún interés o no. Si la cuestión es pertinente para grupos formados en torno a una persona como los Motörhead de Lemmy o los Jethro Tull de Ian Anderson en su momento, no digamos para aquellos donde los protagonismos están repartidos.
Mi respuesta rápida sería que no, pero en una época en la que la gente paga dinero para ver a los llamados “grupos tributo” no lo tengo tan claro[1]. Si compras una entrada para ver a AC/DC al menos puedes decir que has visto a Angus Young. Yo vi a B. B. King hace veinticinco años. Estaba tan cascado que tocó buena parte del concierto sentado y la gente aplaudía cuando se levantaba, lo que me llamó mucho la atención. Por resumirlo de forma sencilla, puedo decir bien alto que he visto a B. B: King, pero también puedo decir al mismo volumen que B.B. King nunca se hubiera hecho famoso con actuaciones como esa.
Y aunque Lemmy era un hombre carismático que conservó su personalidad hasta el final e Ian Anderson sigue siendo básicamente lo que fue, a mí me hubiese gustado ver a los Motörhead formados por Lemmy, Eddie “Fast” Clarke y Philthy “Animal” Taylor y a los Jethro Tull de cualquier momento de la década de 1970. Y si hablo de AC/DC, hubiera dado mucho por verles cuando Bon Scott era su cantante[2] y si no, en los primeros años de Brian Johnson.

Como AC/DC es un fenómeno global la prensa de todo el mundo ha incluido la muerte de Malcolm en sus ediciones y España no podía ser menos. Aquí es donde he decidido reír por no llorar, porque el artículo de El País lo firma Diego A. Manrique y el de El Mundo Julián Ruiz.
Mi adolescencia coincide prácticamente con la década de los ochenta. Si adoptamos el concepto inglés de teenager cumplí los trece en 1981, el año que descubrí a AC/DC.
Ser heavy[3] en los años ochenta equivalía a ser un analfabeto de barrio que escuchaba una música muy primitiva. Indigna de aparecer en los medios de masas, subsistía de forma marginal y hay que tener en cuenta que hablamos de unos tiempos en que no sólo no existía Internet sino que un simple reproductor de vídeo suponía un gasto importante.
Entonces lo que ocupaba la atención era La Movida, una especie de falsa vanguardia artística cuyo nivel de transgresión era tal que ocupaba amplios espacios en televisión en una época en la que sólo existía la emisora pública, reducida a dos canales[4]. Tenía su propio programa semanal, “La edad de oro”, un bodrio aburridísimo al que sólo se invitaba a los simplones amiguitos de la directora y presentadora[5].
Para comprender la arbitrariedad de semejante punto de vista basta con un dato: el disco Back in black de AC/DC, publicado en 1980, es el segundo más vendido de todos los tiempos, sólo por detrás de Thriller de Michael Jackson que, por cierto, sí recibía mucho tiempo en aquella televisión.

Y es esta cuestión la que me hace reír como podría hacerme llorar si me hubiera pillado en otro momento. Porque recuerdo dónde estaban entonces Diego A. Manrique y Julián Ruiz, los encargados de hablar de Malcolm Young para El País y El Mundo respectivamente.
No es extraño que sus artículos consistan en una acumulación de gilipolleces, una detrás de otra[6]. En los primeros ochenta Manrique y Ruiz entonces el primero crítico musical y el segundo productor discográfico , estaban entregados a La Movida en cuerpo y alma y el heavy era para ellos una incómoda molestia que se permitían ignorar. Hoy hablan como si hubieran estado allí.
No es el caso. Era una época menos políticamente correcta y de haber estado, tendrían cicatrices o amputaciones que poder enseñar.





[1] Músicos que tocan canciones de un grupo imitándolos en todo, desde tocar exactamente las mismas notas hasta vestir igual y reproducir sus gestos. Como es lógico, se trata de reproducir una foto fija, congelar un momento, pues ningún músico que se precie es inmune al paso del tiempo y no canta o toca igual cuando empieza que cuando lleva diez, veinte o treinta años pisando tablados. No hace mucho vi un cartel de un artista que anunciaba una recreación de determinado concierto que Jacques Brel ofreció en la sala Olympia de París en una fecha concreta. Se me ocurrió que para que el acontecimiento fuera coherente cada miembro del público debería acudir vestido y caracterizado como uno de los asistentes a aquel recital e imitar exactamente las reacciones que tuvo entonces el oyente al que suplantaba, pero deseché la idea porque me recordaba demasiado a Jorge Luís Borges.
[2] Y aquí me hago trampa a mí mismo, pues cuando supe de AC/DC Bon Scott ya había muerto, aunque apenas hiciera un año. Puestos a pedir...
[3] Si se es estricto, AC/DC no era un grupo heavy. Ellos mismos hacían burla de los grupos vestidos de cuero de arriba abajo con los pelos recién salidos de la sección de tinte y cardado de la peluquería que publicaban discos con portadas que reproducían monstruos y heroínas ligeras de ropa al estilo Richard Corben, pero entonces no se andaban con tantas sutilezas. También se consideraba heavy a Leño.
[4] Sobre ella hay un libro escrito con afán de “ajuste de cuentas” un tanto incoherente pero interesante: José Luis Moreno Ruiz: La movida modernosa. Crónica de una imbecilidad política, La Felguera, (Madrid), 2016.
[5] La también fallecida hace unos meses Paloma Chamorro, conocida como Paloma Echamorro en Heavy Rock, una revista española que fue pionera en Europa.
[6] Ahorro la cita. Quien quiera los podrá encontrar fácilmente. Si no recuerdo mal, ambos escribieron también cuando murió el gran Lemmy, con los mismos resultados.

domingo, 12 de noviembre de 2017

CINCUENTA AÑOS YA...











El 14 de noviembre se cumplirán cincuenta años de la aparición del libro de Guy Debord La sociedad del espectáculo. Debord era entonces la cabeza visible de la Internacional Situacionista (IS), un grupúsculo nacido en el ambiente cultural parisino (escisión de la Internacional Letrista, una de las hijas no reconocidas del Surrealismo) pero, a diferencia del resto de pequeñas sectas artísticas, la IS se politizó profundamente cuando constató que el arte había perdido cualquier capacidad subversiva o siquiera transformadora.

No tengo problema en confesar que Debord es uno de los pensadores que más me ha influido. Lo que, por supuesto, no quiere decir que compre todo lo que vende. Soy muy crítico con parte de sus ideas y respecto a su vida, fascinante y contradictoria al mismo tiempo, no permito que interfiera en la apreciación de sus textos, como tengo por norma[1].
En 1967 la Unión Soviética aún se veía como un enemigo temible y parecía dejarlo claro al año siguiente con la invasión de Checoslovaquia. En China, el Gran Timonel Mao desencadenaba su Revolución Cultural y mientras tantos fachas que hoy fustigan aquel horror entonces la apoyaban con entusiasmo, Debord y los situacionistas no se engañaban y dejaron claro por escrito su desprecio ante la moda “maoísta” que recorría Europa[2]. Si el libro tuvo una acogida discreta en su momento, las ventas se dispararon medio año después, tras el Mayo del 68 parisino.
El resto de su andadura editorial refleja la historia de aquellos años. En los setenta estaba disponible en prácticamente toda Europa, incluidos países del Bloque Soviético a los que llegaba con grandes esfuerzos. Entrados los ochenta, desapareció con el famoso desencanto para resurgir con potencia a fines de siglo, cuando parecía renacer la contestación cuya imagen transmitían los movimientos antiglobalización pero que parecía mucho más profunda, aunque vista desde hoy es evidente que se trataba de un espejismo más. Entonces fue cuando supe de su existencia...
Curiosamente he vuelto a leer menciones sobre la sociedad del espectáculo a raíz del famoso proceso pero todas superficiales, identificándolo con una especie de dictadura de los medios y la industria del entretenimiento. Se trata de un concepto bastante complejo, lo que es la base de su fuerza, pues las diferentes interpretaciones posibles abren el camino a reflexiones e intuiciones que difícilmente surgirían sin el estímulo que supone intentar comprenderlo[3]. Si no lo he comprendido mal, el espectáculo entendido como la producción material de información y entretenimiento sería un reflejo de la propia sociedad que lo engendra y coloca en ese lugar de preeminencia. Podría hacerse una analogía con la época barroca, una sociedad de apariencias que se veía reflejada en el teatro, el mayor divertimento de su tiempo, que reflejaba la esencia de esa apariencia devolviéndola precisamente como juego de apariencias[4].



El libro se divide en nueve capítulos de extensión desigual. Si en la edición pirata que tengo en mis manos en este momento[5] el último no llega a tres páginas y media, el más largo ocupa veintiséis[6]. En realidad, aunque agrupado en nueve capítulos, el libro está dividido en 221 textos de extensión desigual que algunos han denominado parágrafos pero quizá tesis sería su denominación más adecuada.
 No intentaré hacer un resumen, pese a que su extensión apenas alcanza noventa páginas en formato cuartilla, sólo comentaré alguna cuestión que parece de plena actualidad hoy día. Sí invito a leerlo pues, como he escrito más arriba, para mí funciona como un generador de ideas y cada lectura me aporta algo nuevo. Pondré un ejemplo que creo que resume todo lo escrito hasta ahora, la tesis 168, al comienzo del capítulo séptimo.

Subproducto de la circulación de mercancías, la circulación humana considerada como un consumo, el turismo, se reduce fundamentalmente al ocio de ir a ver aquello que ha llegado a ser banal. La organización económica de la frecuentación de lugares diferentes es ya por sí misma la garantía de su equivalencia. La misma modernización que ha retirado del viaje el tiempo le ha retirado también la realidad del espacio.

Valga esta cita como ejemplo. Estamos hablando del año 1967, hace medio siglo, que se dice pronto... Habla de la equivalencia de los lugares en un momento donde Zara no existía ni como el más feliz sueño de su creador. Hoy se viaja a lugares donde jamás se pierde la referencia porque donde no hay un Zara hay un McDonald’s o una tienda de Apple. Y el más astuto de ellos el tal Ortega, dueño de Zara , ha llegado a organizar un turismo dentro del ciclo turístico, pues sólo vende ciertos modelos en unas tiendas y no en otras, de modo que convierte en una “experiencia” viajar a Barcelona para adquirir un abrigo que no se vende en otro sitio[7].
¿Qué decir de los que van a la agencia de viajes a que les asesoren sobre algún destino “interesante”? Sé que soy un antiguo, pero yo suponía que si vas a un lugar es porque ya deseabas visitarlo, para buscar algo que puede existir o no, pero quieres comprobarlo por ti mismo... En textos posteriores Debord echaba pestes de la restauración de la Capilla Sixtina, cuando se optó por un repintado basado más en Walt Disney que en las evidencias miguelangelescas, sólo por contentar al público estadounidense y japonés, un buen porcentaje del consumo turístico mundial, sabiendo que la industria del espectáculo (que no el espectáculo en sí) haría el resto, dejando a buen recaudo la banalidad.
Si el arte es belleza, y se supone que evidente como tal salvo que uno provenga de unos referentes culturales alejadísimos,  ¿a qué obedecen las audioguías? Esas voces que te transmiten lo que debes ver en cada lugar, ofreciendo a los turistas una traducción de mil años de historia en unos segundos. Pues simplemente a la idea de la cultura como objeto de consumo devenida parte del paquete turístico. Luego a algunos les extraña que muchos extranjeros que visitan Cataluña vuelvan hechos independentistas fervorosos... Hoy mismo he visto un grupo de adolescentes de pieles rosadas que seguían a un guía turístico que enarbolaba una estelada como enseña para que no se perdiesen. Les he preguntado de dónde eran y me han dicho que de Ohio. Lo que van a contar cuando vuelvan es obvio...
En fin, ya lo he escrito antes, lo mejor de La sociedad del espectáculo  es que acaba por erigirse en una interrogación perpetua que te hace poner en cuestión casi todo lo que pensabas...

Con el tiempo, Guy Debord fue ocupándose de otros asuntos y entre ellos, uno de los más importantes, fue la cuestión de la fijación de los textos clásicos y sus traducciones posteriores, de cómo se podía alterar un texto original de tal forma que no lo pareciese. No es una cuestión menor, de hecho tiene sus consecuencias hoy[8]. La prueba suprema es que Debord lo ha sufrido en sus carnes después de muerto[9].
La única traducción a la que tuve acceso en ese final de siglo fue la de José Luis Pardo, catedrático de  filosofía de la Universidad Complutense, Premio Nacional de Ensayo y actual premio de ensayo de Anagrama, donde mi amigo Savater corta el bacalao...
El final de la tesis 46 dice lo siguiente: “La valeur d’echange est le condottiere de la valeur d’usage, qui finit par mener la guerre pour son proprie compte”.
La traducción “pirata” dice: “El valor de cambio es el condotiero del valor de uso que termina haciendo la guerra por su propia cuenta”
La de José Luis Pardo difiere un tanto: “El valor de cambio es un subalterno al servicio del valor de uso que ha terminado haciendo la guerra por cuenta propia”.
Traducir condotiero por subalterno significa que no se tiene ni idea de Historia. Y no tener ni idea de Historia implica muy malas credenciales para traducir a Guy Debord, muy preocupado por la interpretación histórica, ya fuera acertada o erróneamente. Traducir condotiero por subalterno refleja o mucha ignorancia o mucha mala fe. Un subalterno nunca hará la guerra por su cuenta, a diferencia del condotiero.

No sé si los medios se harán eco del cincuentenario. De momento no he leído nada. Y quizá sea mejor  así porque no sé las barbaridades que se podrían llegar a leer sobre el libro o el autor.
Por mi parte recomiendo que os hagáis con una copia (a poder ser gratuita) y lo leáis. Sentiréis una sensación curiosa: por un lado parece que habla de puras abstracciones y por otro parece ofrecer explicaciones claras a asuntos de nuestro tiempo que son aparentemente incomprensibles[10].
Terminaré esta incitación a la lectura de La sociedad del espectáculo con una frase que Debord escribió en otro lugar:

La hora de sentar cabeza no llegará jamás.

Ojalá fuera así en unas cuantas cabezas. No harían falta muchas...






[1] Creo que no hay una biografía de Debord disponible en castellano. Existe un libro muy estimable del gran Anselm Jappe: Guy Debord, Anagrama, (Barcelona), 1998, pero que no es tanto una biografía como un intento de explicar su pensamiento. En francés encontré una de Christophe Bourseiller: Vie et mort de Guy Debord (1931 – 1994), Plon, s. l., 1999. Bourseiller, hijo de una familia dedicada al teatro, apareció con cuatro años en la primera versión de La guerra de los botones, una película por la que siento un gran cariño.
[2] “El punto de ebullición de la ideología en China”, artículo sin firma redactado por Guy Debord y publicado en el número 11 de la revista Internationale Situationniste de octubre de 1967. Traducción en Internacional Situacionista. Textos completos en castellano de la revista Internationale Situationniste (1958-1969), vol. 3. Literatura Gris, (Madrid), 2001, pp. 467 – 476.
[3] Aunque probablemente Debord acabó un tanto desanimado al leer los disparates que se escribieron sobre su obra mientras vivía. Su producción posterior es mucho más clara, hasta llegar a escribir en una prosa que muchos críticos literarios franceses consideran clásica. Críticos a los que Debord despreció con todas sus fuerzas, lo que no les desalentó en absoluto...
[4] No puedo dejar de citar aquí uno de los libros más hermosos e inspiradores que he leído en mi vida, de José Antonio Maravall: La cultura del Barroco. Análisis de una estructura histórica. Ariel, (Barcelona), 2002 (novena edición, la primera es de 1975).
[5] Debord nunca procedió penalmente contra editores que imprimieron su obra sin pagar derechos de autor. Curiosamente, sí lo hizo contra quien publicó originalmente La sociedad del espectáculo por razones que serían largas de explicar, pero quien quiera puede documentarse con facilidad.
[6] El capítulo cuarto, “El proletariado como sujeto y como representación”. Anselm Jappe indica acertadamente que, siendo el capítulo más extenso, es el que menos atención ha recibido. No por casualidad es el que presenta mayor carga política de todos y desentona con la imagen que los medios han tratado de ofrecer sobre Debord como una especie de esteta exigente.
[7] No sé si se podrá comprar por Internet, pero desde luego uno no puede probárselo ni acariciar la tela, que es ya toda una experiencia de por sí. Trabajo en el sector turístico y no hablo por hablar...
[8] Noticia de Europa Press reproducida por Público, 23/10/17: “Israel detiene a un palestino al que Facebook tradujo su ‘Buenos días’ como ‘Atacadles’”.
[9] Y es una pena porque estando vivo no hubiese ahorrado una respuesta que hoy convendría atesorar.
[10] Como el Proceso de los cojones...

miércoles, 8 de noviembre de 2017

DEFINICIONES



Primero se aplicó a los Jordis y después a los consellers enchironados: son “presos políticos”.
Y aquí nació el gran debate. Los que están en contra de su ingreso en prisión les llaman presos políticos y los que defienden la medida les llaman políticos presos. Hay toda una lucha en torno a la aplicación del concepto pero ¿qué significa ser un preso político?
Sé lo que significaba en otros tiempos. Los habituales sabéis de mi interés por el terrorismo y varias de mis promesas incumplidas tienen que ver con el asunto, así que empezaré por ahí.

Mi dichiaro prigionero politico

“Me declaro preso político”. Era la primera frase que pronunciaban los miembros de las Brigadas Rojas italianas al ser detenidos. Con eso no querían decir que fueran inocentes y debían ser excarcelados de inmediato. No. Reivindicaban un estatuto especial. Ellos no eran chorizos, eran otra cosa y como tales debían ser tratados. En 1981 los presos del IRA mantuvieron una huelga de hambre por el reconocimiento de ciertos privilegios menores, como el derecho a no llevar el uniforme carcelario, y sólo la detuvieron cuando murió el décimo preso de la lista. Era una lucha simbólica, pero es evidente que muy importante para ellos. Pero no pedían su excarcelación, pedían cambios reglamentarios que vistos desde hoy parecen detalles pero ellos estuvieron dispuestos a morir por conseguirlos sin pestañear[1].
Salvo error por mi parte, en los años setenta y primeros ochenta cuando cada país de la que entonces se conocía como Europa Occidental tenía al menos un “grupo armado” en casa , ningún país europeo reconocía  el rango de prisionero político en teoría pero todos lo hacían en la práctica (para bien de los presos los más y para mal los menos).
Ahora suena raro pero los presos del GRAPO[2] estuvieron concentrados en una cárcel donde montaron una comuna y, casi veinte años después, alguno de sus miembros decía que ahí había aprendido cómo funcionaba el comunismo. También tramaron una fuga exitosa, pero esa es otra historia[3]...
Cuando se inauguró la prisión de máxima seguridad de Herrera de la Mancha la batasunada la bautizó como una “cárcel de exterminio”. Una más de las torpezas del gobierno de UCD. Allí se llegaron a juntar doscientos presos de ETA que, obviamente, cortaban el bacalao. Cuando llegaban las marchas de solidaridad de montones de autobuses desde el País Vasco les recibían desde las celdas con ikurriñas y pancartas con el emblema de ETA.
Hasta que Enrique Múgica llegó al Ministerio de Justicia y aplicó la política de dispersión y entonces se deshizo el estatuto de preso político nunca reconocido pero en realidad existente y respetado. Alguien dijo que como Múgica había sido preso sabía lo que les podía joder. Seguramente tenía razón[4].
Basándome en esos precedentes, yo entendía que ser preso político no significaba que estuvieras encarcelado injustamente por tus ideas. Ser preso político significaba que te habían metido al talego por un acto que tenía motivaciones políticas. Pero no tenía por qué ser noble, podía ser el coche bomba de Hipercor.
¿Eran presos políticos los asesinos de Hipercor? Sí ¿Eran inocentes? No.
Ser preso político no significaba trazar una raya entre la culpabilidad y la inocencia.
De hecho, si se mira bien, cuando alguien se reclamaba “preso político” trazaba una raya clasista. A mí no se me puede tratar como a uno de estos chorizos[5], lo mío es mucho más noble. Ahí residía la importancia de llevar un traje u otro por la que diez presos del IRA fueron capaces de llegar a la muerte por inanición[6].
Curiosamente, cuando Valentín Lasarte abandonó EPPK  el Colectivo de Presos Políticos Vascos que imponía disciplina a los etarras encarcelados , se reivindicaba orgulloso como “un chorizo más”[7].  

Presos de conciencia

Y por eso, entendía yo, se había creado otra clase de presos, los presos de conciencia. Aquellos que estaban encarcelados por sus ideas.
El más conocido durante muchos años fue Nelson Mandela aunque parte de su expediente no estuviera del todo limpio. Por ser suave, no fue del todo refractario a la idea de terrorismo y tampoco se puede decir que considerara a los zulúes como sus compatriotas.
Pero sirvió como ejemplo porque el gobierno que tenía enfrente estaba claramente pasado de moda para lo que es admisible hoy y empezó a ser admisible entonces...
Una presa de conciencia más cercana en el tiempo era Aung San Suu Kyi. Copio su lista de premios de Wikipedia abreviando, para no resultar pesado: Premio Rafto, Sakharov, Nóbel de la Paz, Simón Bolívar, Shaheed Benazir Bhutto, ciudadana honoraria de Canadá, medalla Wallenberg y medalla de oro del Congreso de Estados Unidos.
Y ahora resulta que es una xenófoba de tres pares de pelotas porque ataca a la etnia rohingya o rohinya (lo he visto escrito de las dos formas, seguramente habrá más).
No dudo de que los acusadores tienen razón. Es más que probable que tuvieran una información incompleta y se lanzasen a canonizarla sólo porque era una presa de conciencia galardonada con los premios más importantes del mundo, incluido el premio Nóbel y medallas del congreso de Estados Unidos.
Es un problema de la época. Frente al héroe, que es el que hace algo, se prefiere al mártir, que es el que sufre algo. Una época diseñada para ser sujeto pasivo, no activo. El problema es que sólo puedes conocer de verdad a alguien por sus acciones, pero esa es otra historia que llevaría muy lejos...

Pero, dejando aparte que alguien perseguido porque no hace siempre constituye una causa más azarosa para abrazar que aquella de quien ha hecho, por esos engorrosos rollos griegos sobre la potencia y el acto, pensaba que los defensores de los Jordis & consellers residentes tendrían por más noble reclamarles “presos de conciencia” que “presos políticos”. Teniendo como tienen entre sus apoyos cientos de juristas y decenas de politólogos, me parecía extraño que a nadie se le hubiera ocurrido la idea. Estaba por escribirles: ¿no conocéis la diferencia entre un preso político y un preso de conciencia?
Después pensé que quizá fuera yo el equivocado, demasiado centrado en mis lecturas sobre el terrorismo europeo de antes y después de los setenta, así que decidí acudir a la Wikipedia, que es la fuente de nuestros saberes o, al menos, la que sintetiza la posición mayoritaria sobre un asunto.

Definiciones

Dice la Wikipedia en castellano que “Un preso político o prisionero político es cualquier persona física a la que se mantenga en la cárcel o detenida de otro modo, por ejemplo bajo arresto, sin haber cometido un delito tipificado sino porque sus ideas supongan un desafío o una amenaza para el sistema político establecido, sea este de la naturaleza que sea”.

Y al leerla se me cayó el mundo encima... Resulta que frente a lo que yo pensaba que un preso político se reivindicaba como tal por pertenecer a una organización política, independientemente de las que hubiera liado , ahora resultaba que su definición era la que yo aplicaba a los presos de conciencia...
Entonces ¿qué demonios era un preso de conciencia?

Pues la propia Wikipedia daba la respuesta a la línea siguiente:
“Se distingue del preso de conciencia, que se caracteriza por el no empleo ni propugnación de la violencia”.
Es decir, que el preso político emplea o propugna la violencia. Eso cuadraría con la idea que yo tenía, frente a la definición que aparece en Wikipedia.

¿No es maravilloso? Sus defensores llamándoles violentos y sus atacantes discutiendo su categoría de violentos...

Es la época. No hay de qué escandalizarse...






[1] Y la huelga no acabó por falta de voluntarios sino porque recibieron órdenes de sus mandos de interrumpirla. Imagino que la procesión iría por dentro pero, visto desde fuera, afrontaban la muerte con alegría. Supongo que sus creencias católicas ayudaron a soportar su sacrificio con resignación...
[2] Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre. Lo escribo con todas las letras porque periodistas expertos en terrorismo siguen transcribiendo la R como “Revolucionarios”. No aspiraban a tanto...
[3] También es cierto que el GRAPO es el único grupo de presos políticos que ha llevado una huelga de hambre hasta el final en cárceles españolas. Los de ETA siempre se rajaban antes...
[4] Múgica fue encarcelado en 1956 tras los desórdenes universitarios. Entonces militaba en el Partido Comunista de España y le acompañaron a prisión gentes tan aparentemente extrañas como Fernando Sánchez Dragó (entonces más comunista que Múgica) o José María Ruiz Gallardón (el padre de Alberto Ruiz Gallardón).
[5] Con todo su pudor, la izquierda evangélica les llamaba “presos sociales”, pero no por eso dejaba de segregarlos... Como decía un compañero de colegio en toda su burricie abertzale, “los presos sociales, a coser carreteras”.
[6] Por una extraña asociación de ideas aprovecho para recomendar aquí uno de los libros más desasosegantes que he leído en mi vida: Las ovejas y el pastor, de Andrea Camilleri, una indagación histórica al estilo de las que hacía su paisano Leonardo Sciascia. Quizá la haya recordado por la coincidencia de que en su caso también se trata de diez ataúdes...
[7] Aquí cabe una gran paradoja. Valentín Lasarte fue uno de los que participó en el asesinato de Fernando Múgica, “Pototo”, hermano de Enrique y víctima de una suerte de “venganza transversal” al estilo camorrista.